Bodega de la Calle Oscura: el vino que nació de una leyenda catamarqueña
En El Puesto, un pueblo diminuto de la Ruta del Adobe, en Tinogasta, Catamarca, hay una calle que las noches sin luna nadie se anima a cruzar. Por ahí —cuenta la gente desde hace generaciones— se escucha el grito de una mujer que arrastra cadenas y se transforma en mula. La Mulánima. Las casas, con sus paredes de barro y paja de tres siglos, se cierran temprano. Las ventanas también. Y la calle, esa, queda oscura.
De ese relato sacaron el nombre dos cosas: la bodega y su primer vino. Bodega de la Calle Oscura es un proyecto familiar joven, nacido en 2021, que en 2024 lanzó su línea inaugural: Mulánima. Detrás hay un parral que cubrió por décadas la galería de la casa familiar, protegiéndolos del sol implacable del oeste catamarqueño, y la idea, muy honesta, de hacer los vinos que a ellos mismos les gustaría tomar.
Dónde estamos parados: Tinogasta, vino y altura
Para entender el proyecto, conviene ubicarse. Tinogasta queda a unos 300 km al oeste de la capital catamarqueña, metida en el valle del Abaucán, entre la cordillera y los Seismiles —esa hilera de cumbres que están entre las más altas de América—. Los viñedos de la zona trepan entre los 1.200 y los 1.750 metros sobre el nivel del mar, lo que ya adelanta mucho del estilo de los vinos que salen de acá: piel gruesa, color profundo, acidez que se sostiene y mucha expresión de fruta.
Es una región donde el Malbec convive con Syrah, Bonarda, Cabernet Sauvignon, Torrontés y todavía quedan cepas criollas como la Cereza, herencia viva de los primeros viñedos americanos. Si Mendoza es el coloso y Salta es la postal de altura por excelencia, Catamarca viene ocupando un lugar más silencioso pero cada vez más interesante: vinos de altura con carácter propio, hechos por bodegas chicas que cuentan una historia concreta.
La Ruta del Adobe como telón de fondo
El Puesto no es un dato menor. El pueblo es parte de la Ruta del Adobe, un circuito de 50 km entre Tinogasta y Fiambalá declarado Patrimonio Cultural y Turístico. Son capillas, oratorios y casonas construidas entre los siglos XVII y XVIII, todas con paredes gruesas de barro y caña —la misma técnica que durante siglos mantuvo el vino fresco en las bodegas familiares del oeste—. El Oratorio de las Roqueras, de 1747, queda justamente en El Puesto.
Es decir: acá el vino no aterriza, brota. Convive con siglos de tradición adobera, de fiestas patronales, de veranos de 40 grados y noches frescas que desploman la temperatura diez o quince grados. Esa amplitud térmica, tan nombrada en el mundo del vino, en Tinogasta no es marketing: es clima.
El proyecto: familiar, pequeño, sincero
Bodega de la Calle Oscura es un proyecto de bodega chica, de producción limitada, con un foco muy claro: elaborar vinos que los propios hacedores quieran descorchar en su mesa. No es una frase hecha. En bodegas de este tamaño —donde todo pasa por pocas manos— esa convicción se nota en el resultado: vinos más personales, menos estandarizados, con algún gesto que los separa del promedio.
El parral de la casa, que los hermanos tuvieron sobre la cabeza desde que eran chicos, funciona acá como declaración de principios. No vienen a «abrir mercado»: vienen de un lugar donde la vid siempre estuvo.
Mulánima: el primer vino
La línea Mulánima es la carta de presentación. El nombre es un guiño directo a la leyenda local —ese personaje folclórico que, según la tradición, recorría el pueblo con un encanto imposible de resistir— y al mismo tiempo funciona como metáfora del proyecto: algo que sale de la noche, que aparece cuando no lo esperás, que deja marca.
La producción es limitada, muy del estilo de las bodegas boutique catamarqueñas que están apareciendo en los últimos años. Para la zona y para el perfil del proyecto, lo esperable son vinos de altura con buena concentración de fruta, taninos presentes pero domados, y esa frescura que da cosechar uvas a más de mil metros.
Por qué mirarla de cerca
Hay varias razones para tener a Bodega de la Calle Oscura en el radar si te interesa el vino argentino menos transitado.
Primero, porque es parte de una camada de bodegas jóvenes catamarqueñas —junto a nombres como Llama Negra, Veralma o Alta Esperanza en la misma zona de Tinogasta y Fiambalá— que están corriendo la frontera de lo que se conoce como «vino de altura argentino». No es Mendoza, no es Salta, no es Cafayate: es Catamarca, con su propia impronta.
Segundo, porque el proyecto tiene una historia real. No se inventó un relato alrededor de la etiqueta; el relato ya estaba, en la calle, en el parral, en el miedo heredado a las noches sin luna. El vino vino después.
Y tercero, porque en un mercado saturado de vinos que compiten en puntajes, las bodegas chicas que se animan a hacer ediciones limitadas con identidad local son, hoy, uno de los lugares más interesantes para explorar. Se consiguen vinos con personalidad, con historia y, generalmente, a precios todavía razonables antes de que el mercado los descubra.
Si estás armando una selección de vinos catamarqueños para probar este año, Mulánima —y, por extensión, Bodega de la Calle Oscura— merece un lugar. Porque a veces los mejores vinos vienen, literalmente, de la calle oscura del pueblo.









